sábado, 8 de septiembre de 2012

EL ENTETANIMIENTO


En cuanto al Entetanimiento

La necesidad que tiene el capital de encontrar siempre nuevas áreas de valorización no perdona, desde luego, a la cultura, y es evidente que dentro de la cultura, en sentido amplio, la “industria del entretenimiento” constituye su objeto de inversión principal. Por ejemplo, en los años setenta, el grupo de pop sueco Abba era el primer exportador del país, por delante de la empresa militar Saab; los Beatles fueron nombrados caballeros de la Reina en 1965, debido a su enorme contribución a la economía inglesa. Además, la industria del entretenimiento, de la televisión a la música rock, del turismo a la prensa amarilla, juega un papel importante de pacificación social y de creación de consenso, resumido de manera óptima en el concepto de “tittytainment” (entetanimiento, en español).
El entetanimiento (tittytainment), como herramienta de control de la población, fue propuesto con toda seriedad en 1995 por el ideólogo neoliberal y asesor de la Casa Blanca, Zbigniev Brzezinski en San Francisco en el “State of the World Forum”, en el cual participaron alrededor de 500 de los personajes más poderosos del mundo (entre otros Gorbachov, Bush (padre), Thatcher, Bill Gates…)  ante el advenimiento de la denominada "sociedad 20:80" -concepto ya familiar entre las élites económicas y demás gurús del neoliberalismo-, en la que el trabajo del 20% de la población mundial será suficiente para sostener la totalidad del aparato económico del planeta.
Naturalmente, en un mundo como el actual, dominado absolutamente por consideraciones económicas -pues la globalización basada en el neoliberalismo desregulador no es otra cosa más que el dinero- y en el que lo que no puede incorporarse como valor al mercado se considera obsoleto, ese 80% de la población se convertirá en una molestia inútil cuyas reacciones y protestas deberán ser controlada de alguna forma. Es aquí donde entra en juego el entetanimiento como forma de propaganda y método de control.
El entetanimiento, "[...] una mezcla de entretenimiento mediocre y vulgar, bazofia intelectual, propaganda y elementos psicológica y físicamente nutritivos que satisfarían al ser humano, lo mantendrían convenientemente sedado, perpetuamente ansioso, sumiso y servil ante los dictados de la minoría que decidiría su destino"[1], es la nueva forma de propaganda para acallar las previsibles protestas y suprimir los derechos de ese superfluo 80% restante.
El “tittytainment”se propuso en la conferencia como solución a las poblaciones superfluas y potencialmente peligrosas a las que se les destinaría una mezcla de sustento suficiente y de entretenimiento, de entertainment embrutecedor, para obtener un estado de feliz letargo similar a aquél del neonato que ha bebido del seno (tits, en la jerga americana) de la madre. En palabras de Gabriel Sala:
El papel central que tradicionalmente desempeña la represión para evitar los levantamientos sociales viene hoy en día ampliamente acompañado de la infantilización. La relación entre la economía y la cultura no se limita, por tanto, a la instrumentalización de la cultura, al fastidio de ver en toda manifestación artística el logo de los patrocinadores que, dicho sea de paso, financiaban la cultura también hace cuarenta años, pero a través de los impuestos que pagaban y, por tanto, sin poder así adjudicarse el crédito y, sobre todo, sin poder influir en las elecciones artísticas. Sin embargo, la relación entre la fase actual del capitalismo y la fase actual de la “producción cultural” va aún más lejos. Hay una idiosincrasia profunda que conecta a la industria del entretenimiento con el impulso del capitalismo hacia la infantilización y hacia el narcisismo. La economía material está estrechamente unida a las nuevas formas de la “economía psíquica y libidinal”.
"No parece que sea una aspiración descabellada el desear un mundo mejor para nuestros hijos, una sociedad en la que la gente pueda vivir serenamente y en paz, libre de ansiedades artificiales y en la que la vida dominada por la angustia y la inseguridad, el aislamiento, el miedo a los demás y el ansia de dinero sea tan solo un recuerdo de los tiempos estúpidos en los que los seres humanos permitieron que el entetanimiento dirigiera sus vidas."[2]


[1] "Entetanimiento. Un panfleto contra la estupidez contemporánea" Gabriel Sala
[2] Panfleto contra la estupidez…

El Fetichismo de Karl Marx


El Fetichismo de Karl Marx

 El mundo contemporáneo se caracteriza por la prevalencia total del fenómeno que Karl Marx llamó fetichismo de la mercancía. Este término, a menudo malentendido, indica mucho más que una adoración exagerada a las mercancías, y va más allá de indicar una simple mistificación o engaño. Se refiere al hecho de que en la sociedad moderna y capitalista la mayor parte de las actividades sociales toman la forma de mercancía, ya sea material o no. El valor de una mercancía, según Karl Marx, está determinado por el tiempo de trabajo necesario para su producción. No son las cualidades concretas de los objetos las que deciden el destino de los mismos, sino la cantidad de trabajo incorporada en ellos, y esa cantidad se expresa siempre en una suma de dinero. Los productos creados por el hombre comienzan así a llevar una vida autónoma, gobernada por las leyes del dinero y de su acumulación en capital. El término “fetichismo de la mercancía” hay que tomarlo al pie de la letra: los hombres modernos se comportan igual que los que ellos llaman “salvajes”: veneran a los fetiches que ellos mismos han producido, atribuyéndoles una vida independiente y el poder de gobernar a los hombres. Este fetichismo de la mercancía no es una ilusión o un engaño: es el modo de funcionamiento real de la sociedad de la mercancía. Esta religión materializada implica, entre otras cosas, que todos los objetos y todos los actos, en tanto que mercancías, sean iguales. No son nada más que cantidades más o menos grandes de trabajo acumulado, y, en consecuencia, de dinero.
Para enfatizar el carácter específico del fetichismo a la sociedad productora de mercancías, Marx da varios ejemplos de producción social no fetichistas.
Uno de ellos es el de un náufrago en una isla, que debe repartir su tiempo entre los distintos trabajos útiles necesarios para producir los distintos bienes de subsistencia. Siendo el único productor y consumidor de estos bienes, claramente estos no son mercancías, y el náufrago distribuirá su día de trabajo entre los distintos trabajos útiles según lo vea necesario. El proceso de producción es determinado racionalmente por el propio productor/consumidor.
Otro ejemplo es el de los siervos de la Edad Media, signada por la dependencia personal. Aquí el siervo trabaja para sí mismo y para su señor feudal siempre produciendo bienes para el consumo directo, y no mercancías. "Las relaciones sociales existentes entre las personas en sus trabajos se ponen de manifiesto como sus propias relaciones personales y no aparecen disfrazadas de relaciones sociales entre las cosas, entre los productos del trabajo."
Otro ejemplo, que ya involucra el trabajo colectivo, es el de una familia patriarcal rural. Aquí los distintos trabajos útiles se distribuyen entre los distintos miembros de la familia. Pero los bienes producidos por esos trabajos útiles no son mercancías, y por lo tanto los distintos trabajos útiles se enfrentan entre sí como distintas funciones sociales de la colectividad (en este caso, la familia).
Finalmente, Marx expone el caso de una "asociación de hombres libres que trabajen con medios de producción colectivos y empleen, conscientemente, sus muchas fuerzas de trabajo individuales como una fuerza de trabajo social". En este caso, tendríamos las mismas determinaciones del trabajo que en el caso del náufrago, "sólo que de manera social, en vez de individual". Todos los productos de esta asociación son sociales, de propiedad común, y por lo tanto no se enfrentan entre sí como mercancías. Sin importar cómo se regule la distribución del producto social entre los individuos que componen la asociación, "las relaciones sociales de los hombres con sus trabajos y con los productos de éstos, siguen siendo aquí diáfanamente sencillas, tanto en lo que respecta a la producción como en lo que atañe a la distribución". Las relaciones entre las personas son directas y claras, sin ser mediatizadas por las cosas.

La in-justicia social en las relaciones sociales


La in-justicia social en las relaciones sociales


En la actualidad vivimos una mal llamada “guerra sana”, en la cual se aceptan y justifican ciertos principios y mecanismos psicosociales que definen determinadas prácticas humanas, me atrevería a llamar siniestras, en tanto que el fin justificaría los medios.
Para un empresario en la actualidad, el tema principal pasa por hacer cada vez más sofisticadas las armas de su competitividad, sin importar cual deba ser el precio o el camino a escoger para ello. Así, vamos viendo como esta “guerra económica”, que no crisis, que estamos viviendo va destruyendo empresas y fuentes de trabajo de manera implacable.
Pero a pesar de que el porcentaje de exclusión social y marginalidad aumenta de manera vertiginosa en todo el mundo occidental, no todo el mundo es consciente de que dichas víctimas del capitalismo atroz son víctimas de una in-justicia.  Únicamente existe alguna protesta cuando existe una percepción y convicción clara de que se ha cometido una in-justicia. Habitamos un mundo en donde, por lo general, el hombre si bien es capaz de percibir el sufrimiento del otro, no necesariamente lo asocia a un hecho de in-justicia. Es decir, si bien son conscientes del padecer ajeno, muchas veces la sociedad, adopta una postura de resignación. Resignación <> crisis de empleo.
Gabriel Tarde[1] pensaba a finales del siglo XIX y principios del XX, que vivir en sociedad era estar inmerso en una especie de sonambulismo hipnótico, era estar dormido. Planteaba la capacidad del súper-hombre como aquél con capacidad inventiva, y sobre todas las cosas, con capacidad para despertar de  esa especie de sueño que era vivir en sociedad.
En la sociedad actual se ha banalizado el mal, experimentando las relaciones sociales una evolución hacia el lado de la tolerancia, el sufrimiento, la infelicidad y la injusticia. Esta evolución viene caracterizada por la atenuación de las reacciones de cólera, indignación y movilización colectiva, todas ellas necesarias si son bien encauzadas para llevar a cabo una acción de solidaridad y justicia.
Esta pasividad viene también dada por la falta de proyectos (políticos, económicos y sociales, a no ser los ya dados) capaces de generar  alternativas de cambio, por un lado. Y por otro lado, por la sensación de la población de una libertad en sus comportamientos y elecciones dada por el Estado (ilusoria por cierto), que trae aparejada una garantía de sometimiento y perpetuidad del sistema. Para que el individuo crea que funciona solo, es decir libre, el sistema asegura una cierta credibilidad de autonomía en los ciudadanos y la reafirma periódicamente (a través de personas, grupos políticos, medios de prensa…que ejecutan los comportamientos oficiales que representarían la falsa ideología del ciudadano con libertad de expresión). Generando esta ilusión, el Estado se asegura su perdurabilidad y pleno dominio del sistema social.
En los medios de comunicación se habla de la violencia en las calles, en los deportes, en las guerras…mientras se hace la vista gorda a la violencia que se vive en el mundo del trabajo (bajos salarios, trabajo en “negro”, competencia desleal, trabajo a des-horas, desconfianza, individualismo…), tanto de los que lo tienen como de los que no.
Movidos por el miedo de la amenaza de despidos, los trabajadores precarizan su mundo laboral:
-Intensificación de jornadas laborales, tanto en ritmo como en horas trabajadas.
-Como estrategia defensiva de los trabajadores, nadie ve, oye, ni habla.
 -Surge el individualismo que desencadena en la competencia desleal. Se niega lo que se ve u oye, se niega el sufrimiento ajeno y se acalla el propio.
-El celo entre los compañeros de trabajo aparece en escena alimentando las distancias, enfrentamientos, falta de confianza, rivalidad…
Ya no es el individuo el que está enfermo, es el sistema social en su conjunto el que lo está. Este sistema se caracteriza por los lazos sociales y son los que debemos mejorar si queremos cambiar.


[1] Sociólogo, criminólogo y psicólogo social francés que concibió la sociología como basada en pequeñas interacciones psicológicas entre individuos. Entre los conceptos que Tarde inició estaban la «mente grupal» (retomado y desarrollado por Gustave Le Bon, y a veces propuesto para explicar la llamada psicología de masas) y la psicología económica, donde anticipaba varios desarrollos modernos. Sin embargo, la sociología de Émile Durkheim desplazó por décadas a las propuestas de Tarde, y no fue hasta que investigadores estadounidenses de la escuela de Chicago y más recientemente la teoría del Actor-Red de Bruno Latour retomaron sus teorías.

domingo, 17 de junio de 2012

¡YO NO SOY UN INDIGNADO!...SOY, LA INDIGNACIÓN DEL INDIGNADO

 "El dinero es una nueva forma de esclavitud, que sólo se distingue de la antigua por el hecho de que es impersonal, de que no existe una relación humana entre amo y esclavo." Tolstoy

El euro, el dólar y el yen están todos en crisis, y los pocos países a los cuales las agencias evaluadoras todavía atribuyen un AAA, no tendrán la capacidad suficiente como para salvar a la economía mundial. Ninguna de las recetas económicas propuestas está funcionando. En ninguna parte. El mercado libre no funciona mejor que el Estado, la austeridad no sirve más que la reactivación mediante la demanda, el keynesianismo no más que el monetarismo. El problema se ubica en un nivel más profundo. Asistimos a una desvalorización del dinero en cuanto tal, a la perdida de su papel, a su obsolescencia. No por una decisión consciente por parte de una humanidad por fin cansada de lo que ya Sófocles llamaba “la más funesta de las invenciones humanas”. Sino en un proceso no controlado, caótico y extremadamente peligroso. Es algo como quitarle su silla de ruedas a alguien después de haberlo privado del uso de sus piernas durante mucho tiempo. El dinero es nuestro fetiche: un dios que nosotros mismos hemos creado, del cual creemos que dependemos y al cual estamos dispuestos a sacrificar todo con tal de aplacar su ira.
¿Qué hacer? No hacen falta los vendedores de recetas alternativas: economía social y solidaria, sistemas de intercambios locales, monedas alternativas (como monedas fundantes), ayuda mutua ciudadana… En el mejor de los casos, esto sólo podría funcionar en algunos pequeños nichos, mientras alrededor lo demás sigue funcionando. Por lo menos, hay algo seguro: no es suficiente “indignarse” frente a los “excesos” de las finanzas y la “codicia” de los banqueros. Aunque ésta existe efectivamente, no es la causa, sino la consecuencia del agotamiento de la dinámica capitalista. La sustitución del trabajo vivo – única fuente de valor que, bajo la forma-dinero, es la finalidad exclusiva de la producción capitalista – por tecnologías que no crean valor, llegó a secar casi por completo la fuente de la producción de valor. Obligado por la presión de la competencia a desarrollar nuevas tecnologías, el capitalismo ha cortado la rama sobre la cual estaba sentado. Este proceso, que desde un principio es parte de su lógica fundamental, ha rebasado en las últimas décadas un umbral crítico. La no rentabilidad del uso del capital no ha podido ser ocultada sino a través de una expansión cada vez más masiva del crédito, que es un consumo anticipado de las ganancias esperadas para el futuro. Ahora, hasta esta prolongación artificial de la vida del capital parece haber agotado todas sus posibilidades.
Por lo tanto, debemos plantearnos la necesidad – pero al mismo tiempo constatar la posibilidad, la oportunidad – de salir de un sistema basado en el valor y el trabajo abstracto, el dinero y la mercancía, el capital y el salario. Este salto hacia lo desconocido puede asustar, incluso a quienes no dejan de denunciar los crímenes de los “capitalistas”. Por el momento, prevalece la cacería de los malos especuladores. Aunque no podamos sino compartir la indignación frente a las ganancias de los bancos, hay que subrayar que dicha actitud se queda muy por debajo de una crítica del capitalismo como sistema. No es de sorprenderse si Obama y Georg Soros dicen entender esta indignación. La verdad es mucho más trágica : si los bancos caen y empiezan a darse quiebras en cadena, si dejan de distribuir dinero, estamos en peligro de hundirnos todos con ellos, pues desde hace mucho tiempo se nos ha privado de la posibilidad de vivir de una forma que no sea gastando dinero. Sería bueno volver a aprenderlo. Pero, ¡quien sabe a que “precio” esto ocurrirá!

domingo, 15 de abril de 2012

EL APOCALIPSIS


Las relaciones que se dan entre violencia, sacrificio y sacralidad suponen un “descubrimiento”, algo aún no suficientemente explorado o hasta ignorado. El sacrificio deviene, entonces, en una manera de hallar una salida por medio de una víctima única (el chivo expiatorio) que impida la aniquilación absoluta de la comunidad en cuestión, o un largo sucedáneo de venganzas a la manera de las vendettas mafiosas. Es un mecanismo de sustitución.
La inmolación de una víctima, sea esta un animal o un ser humano en las culturas en que esta clase de sacrificio existían o existen, desvía la violencia en un primer momento dirigida hacia seres próximos, y hace que la cargue un ser de menor importancia pero que al mismo tiempo tenga un vínculo estrecho con la comunidad; no se sacrifica cualquier animal sino aquel que es preciado por pertenecer al ganado o a las especies con que el medio está más relacionado. De otra manera, la violencia debería caer sobre sus propios miembros; por ejemplo, un asesinato debería ser vengado con la sangre del asesino, pero a su vez los que maten a este podrían ser víctimas de una nueva venganza y así hasta el infinito. La violencia, entonces, no es suprimida, ni elaborada por medio de una metafísica, ni sublimada; es calmada, engañada, saciada a través de un desvío que es justamente la víctima propiciatoria.
El sacrificio no es un rito de mediación entre el sacrificador y la divinidad, como tradicionalmente se lo explica. Más bien, el sacrificio es una violencia solapada que tiene como fin una violencia no generalizada o incluso, una prevención de una violencia futura, puntual o generalizada.
Por supuesto, sí es necesario, en el formalismo del sacrificio, hablar de una divinidad o un ancestro al que supuestamente esa víctima va dirigida; pero sólo es un modo de encubrimiento de la transferencia que la comunidad hace de su violencia sobre una única víctima. La víctima carga sobre sí rivalidades, odios, rencores, agresiones, muertes ajenas, de las que en realidad es inocente, pero que en el marco del sacrificio debe asumir desde la proyección del grupo para cobrar toda su eficacia.
La víctima, entonces, sirve como protección y libera al grupo de su violencia intestina desviándola hacia el exterior. El sacrificio lima asperezas internas y restaura o mantiene la armonía común, reforzando la solidaridad social.
Las víctimas se asemejan a aquellas que reemplazan, pero no se confunden con ellas; pueden provenir, como queda dicho, del reino animal (aunque antropomorfizadas) o del humano; en este último caso pueden ser esclavos, prisioneros de guerra a los que primeramente se da un buen trato y se deja convivir pacíficamente hasta que llega el momento sacrificial, o un rey, como en el caso de algunas culturas africanas; el rey, allí, es parte de la comunidad, pero esencialmente distinto por medio de una serie de ritos que lo degradan o vuelven impuro de modo que sea sacrificable. En algunos casos ese rey también es sustituido, a través de un simulacro, por una víctima animal.
De este modo, y porque el sacrificio es una institución con rasgos de sacralidad y perennidad, la recurrencia a la violencia no corre el riesgo de las represalias; si estas pese a todo se dan, estamos entonces ante una sociedad a punto de disolverse o que deberá buscar nuevas formas de plantear sus sacrificios si no quiere recaer en el caos de una violencia generalizada.
¿Qué sucede en las culturas occidentales? Se ha producido una sustitución de metodologías; mientras que, como la mayoría de los antropólogos ha demostrado, los llamados pueblos “primitivos” carecen de un sistema judicial, el aparato jurídico occidental, desde el Derecho Romano en adelante, viene a reemplazar el sacrificio y la víctima propiciatoria en cierta manera ajena a la culpa, no suprimiendo la justicia vindicativa, esto es,  aquel escrito en que se defiende la fama u opinión de alguien que ha sido injuriado o calumniado, sino usando una represalia única a manos de una instancia soberana, el sistema judicial y todo su aparato burocrático, que da la última palabra a través de un fallo sobre aquellos que se consideran los verdaderos culpables de tal o cual crimen. Es decir, la violencia es común a las civilizaciones occidentales y a los pueblos primitivos o a etapas ya recorridas de nuestra historia; lo que varía, tras un proceso de secularización o de olvido del valor social del sacrificio, es si éste continúa persistiendo a través del tiempo o bien es reemplazado por un aparato jurídico. En el sistema occidental, puede haber un sobreseimiento o una caducidad del juicio; en la sociedad primitiva, si el sacrificio falla, no hay solución vislumbrable, no hay cura para un magno estallido de violencia. Por eso, el sacrificio no es solo algo a realizarse post conflicto; cumple un rol eminentemente preventivo.
Un sacrificio realizado de manera ritual y periódica, si bien no es excusa para el crimen solitario, en cierta manera atrae las tendencias agresivas sobre la víctima y la comunidad acata ese valor preventivo que tiene como sacrificado a un ser (humano o animal) que nada ha cometido; si la venganza cayera sobre el violento mismo, se recaería en una participación en la violencia, se produciría un contagio, un peligro, una impureza, una peste (recordar que, en Edipo rey es precisamente una peste la que asola Tebas y todos han caído en una suerte de exasperación; Edipo, pese a su parricidio e incesto, no paga culpas, de las que ha sido totalmente ajeno debido a su ignorancia, sino que los hechos se acumulan sobre él para que se convierta en la víctima propiciatoria que libere a Tebas del mal). En la misma órbita de impureza y contagio, se pueden entender ciertos tabúes culturales que tienen que ver con la sangre, como la menstruación, que crea un estado de impureza y por lo tanto necesita de ritos de purificación: la sangre es la visibilización más clara de la violencia, y debe ser conjurada aún en el proceso menstrual de la mujer.
La víctima, chivo expiatorio, es vicaria; la comunidad presa de la violencia la necesita y la busca porque precisa un remedio violento e impostergable. Toda la comunidad, en cierta manera, participa de ese sacrificio, que remite a una violencia primordial. Mientras que en Freud (Totem y tabú) es la muerte del padre la que ha creado el rito posterior y el hecho religioso en toda su complejidad, para Girard la violencia originaria puede ser un crimen familiar o no, pero donde los protagonistas sean en cierta manera homologables (hermanos, gemelos, amigos, miembros del mismo clan, etc.) y la víctima, un tercero ajeno a la disputa. Para ello, remite a ejemplos tomados de la etnología actual pero también del pasado clásico. Por ejemplo, el pharmakos (palabra que en griego puede significar tanto remedio como veneno y sin embargo en la actualidad parece significar milagro para algunos medicuchos), un personaje que la polis ateniense reservaba para ciertos acontecimientos límites y que podía ser un esclavo o un débil mental mantenido a costas del fisco hasta que un peligro lo requería, fuera una guerra, una enfermedad, etc. Entonces era sacado de la guardia, paseado por la ciudad cosa de que atrajera sobre sí los distintos elementos de impureza reinante en ella, para luego ser sacrificado. De esta manera, también era un katharma, un objeto maligno como los expulsados con métodos chamánicos. La katharsis o purificación mencionada por Aristóteles en su Poética con relación al efecto benéfico del arte trágico en la sociedad ateniense también  tiene que ver con esto, es decir, una purificación que en un quehacer de origen religioso como la tragedia se producía a través de la violencia representada en escena y siempre con una víctima expiatoria de por medio, se trate de Edipo, de Heracles o de Panteo en  Las bacantes de Eurípides.
Lo sagrado es la violencia misma de los hombres pero no vista desde la interioridad de estos sino como un factor exterior, situada fuera del hombre, confundida con los desastres naturales, la enfermedad, la muerte, etc. Por lo tanto, así como hay que alejar la violencia de sí, su representación externa a través de dioses, espíritus, etc. es algo temible que siempre está lejos: internarse en esa lejanía supone consecuencias insospechables. La violencia se vuelve sobrehumana como ardid para mantenerla lejos y desligarse de ella a no ser por medio del sacrificio. La violencia es mala en el seno de la comunidad social; pero vuelta símbolo al alejarla de ella, deviene en mitos, en relatos de dioses y de diosas, de antepasados, de héroes y demás seres intermedios que ahora sí pueden tener un quehacer benéfico sobre los hombres siempre y cuando no se olvide el sacrificio. La violencia fundante es una categoría que permite entender lo sagrado como unión de contrarios, no de división entre lo sagrado y la violencia sino como escindimiento dentro de esta última: el hombre primitivo no adora la violencia que más bien lo aterra; pero sabe que a través de la violencia puede trazarse la no-violencia, la única paz posible, la Guerra preventiva; para ello está el chivo expiatorio, una víctima bendita y maldita al mismo tiempo, tal cual la ambigüedad de términos arcaicos para definir los sagrado (sacer, hagios, qadosh) que implicaban tanto lo divino como el anatema.
Todo esto, ahora sí, puede ser camuflado a través de mitos sobre divinidades que necesitan ser alimentadas en el sacrificio, y que si no lo son, pueden venir a esa comunidad en forma de venganza, peste, guerra, para devorar lo que por derecho se le debe. Y en realidad se puede decir que, cuando los mecanismos del sacrificio fallan, en cierta manera la violencia retorna a cebarse de lo suyo; no es entonces tan disparatado pensar en deidades que vienen en son de venganza: sencillamente, los mecanismos que podían detener la violencia, al no llevarse a cabo, liberan ésta con todas las consecuencias inimaginables.
Para explicar el origen de la violencia en el hombre, hay que rechazar las ideas freudianas de pulsión, instinto o thanatos, neurosis. Estas explicaciones volverían a caer en lo mítico, serían una forma de construir un nuevo mito etiológico para explicar el origen de la violencia, y hasta una forma secularizada de teodicea. La explicación es que en toda violencia no solo hay un sujeto y un objeto, sino ante todo  un rival, no necesariamente la figura paterna como en Freud. El objeto es deseado por dos rivales; ambos comparten un mismo deseo. Si uno de los dos alcanza el objeto de deseo, la enemistad se acentúa hasta el grado inevitable de la violencia. Así, se resucita el viejo concepto de mímesis tan caro a la mentalidad griega. Pero dos deseos que convergen en el mismo objeto, una mímesis que atraviesa a ambos deseantes, sólo puede llevar al conflicto. La figura literaria del doble es aquí una manera válida de explicación; el doble puede ser un hermano, un padre, un prójimo cualquiera con el que se comparte el mismo objeto de deseo.
Si la violencia logra solucionarse entonces a través del sacrificio, la comunidad sufre un daño mínimo. Pero si el sacrificio es una práctica que ha perdido eficacia, entonces estamos ante una comunidad en conflicto. Ese sería el sentido último de la tragedia griega, que vez tras vez recurre a los temas de la mímesis, los rivales, la peste, la disolución social y la eficacia o ineficacia de la víctima propiciatoria: justamente porque la tragedia, contrario a los períodos más tempranos de la literatura helénica, se produce en un estadio en que el sacrificio y la religiosidad están perdiendo su potencialidad conciliadora de la violencia y se da paso a una crisis de la que no es ajena la nueva racionalidad. Vuelto inútil el chivo emisario, la violencia se vuelve de unos contra otros, y al mismo tiempo se transfiere de generación a generación; en el mito de Edipo, Tiresias, Edipo, Creonte, los hijos, todos son víctimas de la violencia, aunque Edipo acepte su carga como chivo. Pero en otras tragedias, como Los siete contra Tebas o Antígona, los rivales no pueden contra sí mismos, y todos de una forma u otra sucumben a la crisis sacrificial, ahora indetenible. Ya no hay límite entre lo puro y lo impuro, pero sí una transición entre el sacrificio primitivo y las formas jurídicas que lo reemplazarán, especialmente a través del Derecho Romano, hasta llegar a nosotros.
El Apocalipsis que se avecina, es el mundo que ve su propio fin en la violencia y que recuerda suficientemente lo que ha oído para comprender que él mismo forma parte del problema y que en parte es responsable de eso. En eso mi visión es romántica: sólo algunos individuos serán conscientes del desastre en curso, serán culpables de haber comprendido de verdad el sentido de ello.
En este sentido, el Apocalipsis es la conciencia del fracaso del cristianismo, incluso si puede convencer a unos en su creencia o a otros en la convicción de que es irremplazable. La destrucción de todo no es perceptible. Por eso el Apocalipsis no es una metáfora. Es una realidad. Si escucháis a los científicos y lo que dicen sobre la desaparición de las especies o sobre la evolución del planeta, constataréis que hoy hay un encuentro decisivo entre ciencia y religión. Pero esta confusión entre lo natural y lo artificial está anunciada en los Evangelios. La transcendencia ha prevenido y es implacable. Se hace necesario arrancar el Apocalipsis tanto a los integristas que lo toman por voluntad de Dios como a los progresistas que rechazan verlo. Siempre he mantenido esto obstinadamente entre dos formas de desconocimiento. Esta concepción del fin de los tiempos nos permite prescindir de la idea del Padre Terrible. No hay un dios implacable que quiera castigar a los hombres, sino un Apocalipsis humano en preparación. Es una consecuencia de nuestros actos.
Yo lo llamo Apocalipsis, en honor a tantos años de sufrimiento  con que nos ha castigado el cristianismo, tú puedes llamarle gran depresión, falta de valores, nihilismo…Nuestros actos tienen consecuencias…